Neiva: El ‘Terrorcito’ del Parque Santander

por Laura Perdomo González

Hay fotografías que conservan todo, que guardan un pasado de misterio o que le abonan al presente el recuerdo de un momento evocado a través de una imagen intacta. Yo veo siempre al frente de una pila sin agua, abandonada por el rugir de la indiferencia, tres caballitos dispersos, inmóviles como tres estampas e irresistibles al mismo viento. Viven envueltos con el aire y el pavonear de una urbe que se atraganta de ruido y afanosos pasos ciegos. Una inmensa fotografía. Sin embargo, los caballitos no están solos. Bajo un techo verde que forma un pedacito de sombra en la plaza grande del Parque Santander de la ciudad de Neiva, capital del Huila, casi en un mundo escondido dentro de otro mundo, está Ramón Munar vigilando a “Terrorcito”, uno de los tres caballos de la plaza del parque. «¿Una fotografía niña?», pregunta Ramón ofreciendo su servicio con una voz suave, nítida y un poco distante. Sus brazos se dirigen señalando a un pequeño caballo y lo mira como a un hijo suyo, como a la única imagen viva de las que tanto captura diariamente a transeúntes de la ciudad o turistas con el asombro a cuestas.

En medio del calor de la ciudad acompañado de una que otra brisa efímera, Ramón, uno de los fotógrafos más antiguos del Parque Santander, evoca su lugar de trabajo cuando llegó hace treinta años, «recién llegué, acá habían fotógrafos más antiguos, pero siempre ha habido envidia».

Sus notables anteojos de grueso marco color vino tinto, un bigote grisáceo bastante ordenado y un semblante puro y blanco; aireado y fresco, me hacen ver una historia más de este pantanoso mundo, de esta tumultuosa y pequeña ciudad que se vierte al sol y se embadurna de barro en invierno. Y es que a sus 53 años este hombre ha sorteado la vida gracias a un arte que según él «es un arte que hoy en día ha quedado rezagado».

«Mire, a mí me fascina la fotografía», dice abriendo sus ojos con un asombro dulce e inocente, con un entusiasmo que ningún ser humano, en un mundo casi dominado por la tristeza y la desesperanza como el de ahora, posee.

De su cuello se descuelga una Asahi Pentax, cámara fotográfica pionera en la invención del pentaprisma. «Fue la primera Pentax que salió, una cámara original, en verdad una de las primeras, hoy en día una verdadera reliquia», comentaría Ramón unos minutos después. «No la uso, tan sólo la llevo colgada para mostrar que soy fotógrafo». En realidad, da gusto verlo con su artefacto plateado y negro, grande, casi vivo pero con una antigüedad extenuante que lo deja ver como el verdadero fotógrafo que es. «La que uso es ésta, una digital», y lleva sus manos a un pequeño estuche sujetado en sus caderas para sacar una pequeña y vieja cámara Canon A470 de 7.1 megapixeles, hoy ya descontinuada en el mercado. Según él, nunca estudió fotografía y fue en Planadas, municipio del Tolima, donde tuvo su primer acercamiento a una cámara fotográfica. Luego, «cuando viajaba de Bogotá al Tolima, conocí a un fotógrafo que me enseñó todo lo que sé ahora», recalca Ramón a la vez que mira con nostalgia la pila seca que también está ahí, tan distante como una imagen sin color y sin vida.

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Su vida ha sido una antología nómada, una antología de imágenes retratadas en lugares, espacios y vivencias. Aunque nació en Facatativá, municipio de Cundinamarca, a los doce años se trasladó a Praga, pequeño pueblo del Huila. Luego, de allí se traslado a Puerto Amor, pueblito del Caquetá. Allá, dice él, perdió absolutamente todo. «Yo fui mayorista, tuve mi sastrería y confeccionaba, tenia mi tiendita de abarrotes pero empezaron a pedirme cuotas, ellos creían que yo ganaba mucho pero no, y yo que me iba a poner a darles, yo no les di fue nada porque no tenía qué y preferí irme, la guerrilla nos dio a todos 24 horas», comenta.

Fue así como llegó al Huila, como un colombiano más que quedó atrapado por los lazos de un conflicto que hoy por hoy acrecienta su dosis a través de la violencia, de las armas, de la corrupción y, algo peor, de la indiferencia. Uno más al que la propia vida le escondió sus verdaderos anhelos. No obstante, nunca se queja de su labor, pues «para mí la fotografía es mi manera de conseguirme la vida, gracias a ella he podido salir adelante, gano lo suficiente como para mantenerme solo». Y añade, «yo vengo a los almacenes y me compro mi ropita, me gusta consentirme y estar bien, pues aquí donde usted ve a todos ellos —señala a los demás fotógrafos que lo rodean— ellos se gastan la plata en trago, en mujeres, en cosas innecesarias», dice. Y ciertamente, así como lo dice, me confiesa además que vive solo pero que no recuerda hace cuánto. Que su mujer, con la que duró doce años, lo abandonó y desde entonces no se ha vuelto a casar. «Mi esposa me abandonó, yo le daba todo, pero la mamá la convenció de que me dejara» y remata como por casualidad para conmemorar un día celebrado hace poco, el Día Internacional de la Mujer, afirmando que «las mujeres son así, débiles; son el subproducto de un producto mayor, y ese producto somos nosotros: ahora ya no hay mujeres originales».

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‘Terrorcito’ está de espaldas a nosotros. A unos quince metros de nosotros. L

Catedral de Neiva

ejos. Su cola larga y su forraje artificial marrón con contrastes negros es pulcro y brillante. Su rostro da a la Asamblea Departamental del Huila y sobre su lomo sostiene cuatro sombreros como de vaqueros que sirven de adorno a niños que a veces hasta lloran a sus madres por tomarse una foto con él. Si ‘Terrorcito’ tuviera la vida de un caballo de esos que relinchan de verdad, sería la envidia de los otros dos que se exhiben en el parque. Pero él está inmóvil, fijo. «En Cali, cuando tenía mi moto, fui hasta un barrio que se llama Terrón Colorado. En realidad era el terror y todos me decían qué iba a hacer por allá, que me iban a matar pero como yo nunca he sido miedoso, me arriesgué y compré a ‘Terrorcito’. Le puse así porque lo saqué del terror», comenta Ramón. Es inanimado pero tiene tanta vida como ninguno de los seres humanos que cruzan diariamente el Parque Santander de Neiva. «Mi ‘Terrorcito’ es el más lindo de todos, el resto son esas mechas que hay ahí» y hace un pico con sus labios para señalar a los otros dos caballitos, que son tal cual como Ramón afirma. El ríe y se queda contemplando con una mirada dulce a ‘Terrorcito’.

«¡Flacuchento!», grita Ramón al único de sus amigos con el que sin hipocresía le habla. «Con este flaco es con el único que saboteo —y señala al ‘Flaco’, un hombre mucho mayor que él, desgarbado, cabello poco lacio castaño y un poco largo hasta sus hombros; que está prendiendo un cigarrillo y del que le pende una cámara mucho más grande que la Pentax de él, una Canon enorme, clásica—, el resto de ellos son envidiosos y egoístas», termina diciendo, refiriéndose al resto de fotógrafos con los que comparte el parque.

En realidad todos nos miran.

«El diablo es fino, él es educado», me lo dice mostrándome la Biblia que carga en su bolso. Ramón como buen creyente, aunque no adepto a las religiones, recuerda la única foto que le quedó «sonando» de todas las que tomó. Y fue en una de las ferias de San Juan de Río Seco, Cundinamarca, donde la obtuvo. Ramón duda de los adinerados pues en ellos puede esconderse hasta el más escabroso y ¿por qué no? hasta el propio Satanás. Y en eso hasta tiene razón. Recuerda cómo un hombre, según él, puesto en su sitio, con saco y corbata, que bailaba y se movía con las mujeres, que tomaba y bebía a diestra y siniestra le pidió el favor de fotografiarlo. Cuando reveló las fotos, «revelé al diablo», dice él con cara de asombro al contar el relato. «Vi en la foto un hombre con dos cabezas». Sin embargo, bajo su halo permanente de superstición y su tono predicador de la “palabra de Dios”, no se atrevió a conservarla. «Rompí esa foto porque no la podía ni ver, aunque a veces me arrepiento, pero ahora estoy seguro que no», afirma. «Yo alcancé a tomar fotos en la iglesia, fotografiaba primeras comuniones, matrimonios o cosas así, pero vaya y quítele la sotana al cura y verá en lo que se convierte, ahora prefiero el parque», aduce Ramón mirando hacia la Catedral, la iglesia principal de la ciudad de Neiva, ubicada justo al frente del parque.

Alguien pasa, un hombre estira su brazo afanoso, lo saluda y se va a la carrera. Ramón me mira mientras la pila sin agua sigue ante nosotros intacta. De repente suspira y concuerda en que antes era más hermoso el Parque Santander. La pila ya no es nuestra, de los neivanos ya no lo es, «esto antes vivía lleno de tortuguitas, pero ahora en dónde nadan sí no tienen agua, se han ido por ahí sin rumbo», dice.

La pila está triste. Ramón me dice que el Parque Santander en realidad es una pantalla. Para las temporadas de San Pedro «cuando las reinas vienen a mostrarse en bikini o cuando viene el presidente, algunos ministros o gente importante, la prenden, muestran algo que la ciudad no tiene». De resto ella esta ahí sin nada que hacer en medio, envuelta por el misterio de la dicha del pasado que la acogía viva para brindar la frescura que hoy, raramente, ni en pequeños soplos fríos se alcanza a percibir, pues además, dice que la plata que le invierten para el mantenimiento, en realidad se la roban, «o si no, la prenderían todo el tiempo», comenta.

Ramón es un esquivo a las manifestaciones y a las protestas. Al igual que a los otros fotógrafos, no le interesan en absoluto, y lo único que dice de ellas es que le obstaculizan su labor al tomar fotos. «Mi labor es artística, no les tomo fotos sino a las personas que vienen a mi» y siempre que llega alguna manifestación a la Gobernación le dañan el trabajo.

De sus obstáculos en la labor, echa la culpa a los gobiernos de turno. Para las temporadas decembrinas, las autoridades de la ciudad cierran casi todo el paso del parque hasta el punto de restringir la actividad de los fotógrafos. «¿Qué día fui y hablé con la secretaria de Gobierno para que nos apoyaran? A esa gente no les interesa nada, que hasta de mala gana me habló. Voy a esperar a que salga un día de estos del trabajo para tomarle una foto y regalársela», dice Ramón con una inocencia serena que transmite a través de su pulcra y pausada voz.

‘Terrorcito’ sigue ahí, inamovible y fuerte. Ramón se para, camina un poco y dice para sí mismo «a mí me gusta tanto mi trabajo», y suspira. Yo le sonrío y entre un agradecimiento sincero y agradable me despido. «Que Dios la bendiga hija», me dice tomándome la mano.

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Ahora vuelvo a mis andanzas y miro el Parque Santander en todo su esplendor. Observo los árboles que manotean quedamente el aire y a unos pocos ancianos e indigentes taciturnos sentados en las bancas. Es casi la una y cuarto de la tarde del lunes 14 de marzo y ya hace una hora y media pasaron gritos y arengas que envolvían a una masa exclamando “¡No al Quimbo!”. Ahora el parque se ha perfumado con los aromas de la soledad y de un silencio no tan absoluto. Miro la pila. Ni Ramón ni ‘Terrorcito’ están. A lo mejor su verdadera imagen la esfumó la muchedumbre, aquella que cada día anhelan captar: él con su cámara y ‘Terrorcito’ con su dulce y fija estampa.

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One Comment on “Neiva: El ‘Terrorcito’ del Parque Santander”

  1. valentina dice:

    les falta muchas imagenes me pareceria bueno q fotografaran los almacenes=)


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