Reserva natural La Riviera: un Jueves Santo en Palestina, Huila

por Paulina María Yáñez Vargas

Eran las 6:37 am en Palestina. Llovía y la niebla poco dejaba ver las montañas que por todos los puntos cardinales custodian a este municipio del sur del Huila, el cual dista 205 Km de Neiva. Ansiosos, Angie, Hernando, Cristian y yo esperábamos la salida hacia la vereda Villa del Macizo que nos esperaba con su belleza y con una tierra muy negra y fértil. El casco urbano está ubicado a 1.552 metros sobre el nivel del mar (msnm) y ascenderíamos a 1.850 y 2.270 msnm, la parte más alta de la Reserva Natural La Riviera, nuestro destino.

Hacía ya unos días que estaba planeada la excursión a un lugar que se describía muy especial y el Jueves Santo fue el indicado para realizarla. Toda la noche anterior llovió y en la mañana del 21 de abril de 2011 el cielo siguió llorando. Por esa razón, Angie vestía un saco y chaleco negro, su hermano Cristian un impermeable amarillo y Hernando, mi padre, había pedido prestada una carpa que nos cubriría en el trayecto. Viajaríamos en dos motos.
El reloj marcaba las siete de la mañana y todavía no se prendían los motores de las dos motocicletas. Hernando Yáñez, un hombre moreno y miembro de una Asociación de Servicios Ecoturísticos (Ecotupales) llamó vía celular a Mayer Bravo, administrador de la reserva. La conversación dejó dicho que la llegada de dos periodistas de Global CNC Noticias, un medio de comunicación de Neiva, estaba retrasada. Esta pareja de profesionales viajaban a Palestina a hacer un registro videográfico de La Riviera y fueron el pretexto para que Angie, Cristian, mi papá y yo nos uniéramos a conocer ese paraíso natural. Mientras tanto, la lluvia disminuyó y la niebla iba dejando ver los diferentes tonos verdes de las montañas. A las 8:00 am partimos.

El camino embalastrado estaba húmedo y después de 45 minutos dejó ver algunas de las actividades productivas del campesinado plestinense. A sus costados se podían observar potreros para ganadería, invernaderos para producir tomate de cocina; algunas matas de plátano, maíz y yuca; cultivos de café, caña, fríjol y a mayor altitud se podían apreciar sembrados de granadilla, mora, lulo, tomate de árbol y fresa. Por otro lado, el ambiente cada vez se hacía más frío y la bruma más espesa. Poco a poco, el fondo de los precipicios no se podían ver con claridad y las cuerdas de la electricidad parecían perderse en la blancura que enfriaba los rostros de nosotros, “los turistas”, como decía Angie, una joven espontánea y risueña. Sin embargo, esto no fue excusa para no divisar el paisaje níveo y las orillas de la carretera. Pasamos por cuatro centros educativos rurales, en su orden: la vereda Sinaí, Tabor, La Guajira y Villa del Macizo. A lo largo del camino se podían apreciar las casas construidas de todo tipo: de material, de bahareque y de tabla, de muchas de ellas colgaban materas con flores que les imprimen a las viviendas una belleza singular.

Llegada a la casa de ‘El Diablo’

También rodeada de muchas flores, entre ellas cuarenta especies de orquídeas, la residencia de ‘El Diablo’ fue un primer punto de llegada para luego seguir a la casa de Mayer. El personaje es hermano de Mayer su nombre es Gabriel Bravo y ese seudónimo lo tiene desde que tengo memoria. Cojea al caminar y es uno de los fundadores de la reciente vereda del municipio, la que pisábamos: Villa del Macizo. Seguidamente, llegamos a una construcción de tabla que a su lado tiene un lavadero improvisado y a unos pocos metros una cabaña en obra. Allí se encontraba Mayer, la persona que sería nuestro guía en las horas de la tarde. A nuestro arribo nos habló de la reserva.

Aunque legalmente no está reconocida como Reserva de la Sociedad Civil «porque ponen muchas trabas» es un terreno privado de los hermanos Bravo (Gabriel, Mayer y Eduardo). Ellos decidieron parar de talar hasta cierto punto del área y conservarlo para el disfrute de los que quieran gozar de hermosos paisajes y los que deseen encontrar algo diferente a una piscina o una montaña rusa. En su introducción, Mayer comentó que hay un lugar de la reserva desde el que se puede ver el Nevado del Huila y que en la misma se encuentra un roble negro con 7,40 metros de diámetro. «Se necesitan cinco personas agarradas de la mano para rodearlo», declaró. Como “abrebocas” también compartió un video en el que se pueden observar ciertos parajes y vegetación propia de la zona que íbamos a recorrer. Afuera, aún la niebla nos vigilaba.

Listos para caminar

Luego de esa breve ilustración de lo que encontraríamos y a pocos minutos de “coger camino”, Doña María habló de la posibilidad de encontrarnos al oso. Esa expresión despertó curiosidad. La señora de cabello largo y negro con algunas canas y de baja estatura se unió a los caminantes junto con su hijo Dairon y otro niño llamado Eduard. Mayer se quedó en la casa de tabla a la espera de los periodistas. Don Eduardo, su hermano, decidió acompañarnos. La carpa y los impermeables se quedaron guardados en el bolso que se dejó en la vivienda y las motos permanecieron estacionadas. Los pies empezaron a caminar y en mis manos llevaba la libreta de apuntes, el lapicero y la cámara fotográfica.

A comienzos del recorrido los cultivos de mora, granadilla y maíz no se vieron, se pisaron. En ellos, la huella de la tala que los Bravo frenaron y una tierra muy negra y húmeda. Aún cuando íbamos a paso lento, la respiración agitada y algo de cansancio a escasos metros ya hacían presencia en mi cuerpo. Pronto entramos al bosque caracterizado por la vegetación alta, el terreno fangoso (por partes) y cubierto por astillas que hacían música mientras caminábamos. Asimismo, hallamos muchos hongos. Rosados, azules claros, cafés, blancos, negros, «de los que cogen los marihuaneros», en palabras de Doña María, y unos rojos que en su interior tienen un polvo amarillento, fueron fotografiados. No sabía a qué lugar específico me llevaban pero me dedicaba a disfrutar del recorrido hasta con metidas de pie. Angie, por su parte, no desperdiciaba oportunidad para posar y que su hermano Cristian la capturara con su cámara gris. Los niños siempre se quedaban atrás; Don Eduardo trataba de contar sobre lo interesante que encontráramos; mi papá me decía que caminara más rápido; Doña María estaba atenta a mostrarme cosas para que tomara fotografías; y mis ojos, de arriba a abajo, de un lado al otro y en diagonal, permanecían en busca de algo que los impresionara para escribir o para oprimir el obturador.

La Cabaña de los Espíritus

La reserva natural La Riviera tiene 280 hectáreas de Bosque Nativo, limita con el Parque Municipal Río Guarapas y con el Parque Nacional Natural Serranía de los Churumbelos. A este último entramos con nuestros pasos y hallamos La Cabaña de los Espíritus. «Pedro, el cuidandero, le puso así», contó Don Eduardo, y al parecer en esa construcción fabricada con una especie de pino (patula) se sienten y se escuchan cosas extrañas. Por mi parte, lo único que percibí fue una muy bonita edificación y un ambiente limpio y tranquilo.

Pensando en que había tiempo suficiente hasta las doce del mediodía (para esperar a los periodistas), los caminantes decidimos ir a otro lugar. Caminos estrechos nos condujeron a La Cumbre, la bocatoma de dos acueductos veredales, unos un poco más amplios a la truchera, el sitio donde se cultivan en estanques este tipo de peces. Entre el primer sitio y el segundo nos sorprendió la lluvia que empapó nuestras ropas excepto las de Doña María y la de los dos niños que, prevenidos, habían llevado plásticos para cubrirse. Después de unos minutos llegamos de nuevo a la casa de Mayer Bravo y ya sin la niebla se pudo observar la hermosura del paisaje. Pensé en Jorge Villamil y su verso «azules se miran los cerros en la lejanía» que lograban describir lo que estaban observando mis ojos desde aquel punto donde el clima frío es predominante. Por fortuna, luego nos dirigimos a la casa de ‘El Diablo’ y allí su hija dispuso sobre la mesa café caliente y unas deliciosas arepas de chócolo. Al tiempo de nuestro arribo, también hicieron el suyo la pareja de periodistas y su pequeña hija.

Trucha para el almuerzo y de sobremesa, una muy larga caminata

Arroz, ensalada de remolacha, patacón, yuca y una suculenta trucha ahumada se sirvieron en el plato acompañado de un exquisito jugo de mora. «A mí no me gusta el pescado, pero éste está delicioso», dijo Luisa Fernanda Dávila Tamayo, la periodista. Después de almorzar y de la foto antes de salir, empezó la caminata, sin saber en qué momento llegaron tantas personas: se reunieron 15, más los niños que se fueron adelante en el camino.

De nuevo por entre sembradíos de granadilla y mora, tierra negra y chuquiosa, la extensa caminata inició con metidas de pie y una caída de Luisa Fernanda. Ella llevaba puestos unos zapatos poco indicados para el terreno. Angie y yo también estábamos en las mismas condiciones. «Llévese las botas», me dijo mi padre. No hice caso.

Una quebrada de aguas claras como lo indica su nombre marcó la entrada a la reserva natural La Riviera y ,después de atravesarla, un camino muy pendiente nos esperaba. En medio del vértigo y un poco de adrenalina todos los caminantes subimos sin problema a juzgar por tan sólo un resbalón de la periodista. Por suerte, los hombres que nos acompañaban se portaron muy caballerosos y ayudaron a las mujeres a librar las caídas. El sendero de las Bromelias fue el que recorrimos enseguida, por supuesto rodeado de estas plantas tropicales caracterizadas por hojas alargadas y puntiagudas que encontramos de varias especies. De igual forma, nuestros pasos transitaron por entre las raíces de los árboles, entre troncos y hojas caídas y la aparición de una lombriz de tierra gigante. «Esas la utilizan en el Caquetá como anzuelo para pescar bagre», manifestó uno de los hombres caminantes.

Quebrada La Cumbre, abajo

Luego de varias paradas para hacer tomas fotográficas y de tramos un poco extremos llegamos a la quebrada La Cumbre también de aguas diáfanas y frías. Allí encontramos la primera caída de agua que majestuosa golpeó fuertemente los cuerpos de las personas que nos metimos en ella. Fue grabada y fotografiada, la blanca espuma y la forma que adquiere al caer le otorgan cierta magia, la diversión del baño en esa corriente de agua siguió mientras íbamos quebrada abajo. No obstante, sólo disfrutamos del recurso hídrico Angie, su hermano, dos jóvenes de la vereda Villa del Macizo, mi padre y yo. A medida que avanzábamos, se hallaron más caídas y, de nuevo, algunos nos sumergimos, otros tomaron fotografías y los periodistas grabaron y entrevistaron a algunos de los excursionistas. En cuanto a la aparente peligrosidad de algunas partes del camino, Mayer expresó que éstas se van a adecuar para la visita de los turistas.

Los Tres Chorros se llama la penúltima caída que visitamos en cuya hermosura se posaron mis ojos y los lentes de las cámaras. «Parece un vestido de novia», dice mi papá, y ese tipo de vistas se convierten en la recompensa del largo recorrido y en el motivo para llamar la atención para que las cuidemos y conservemos. En la medida en que lo hagamos podremos seguir disfrutando de maravillosos parajes y de un recurso vital: el agua. La última, ya con la oscuridad de la noche amenazando con cubrirnos, una cascada de aproximadamente doce metros de altura.

De vuelta a casa

Con el cuerpo estropeado y cansado regresamos a la casa de Don Gabriel. Eran exactamente las 6:42 pm y nuestra travesía había terminado pero las ganas de volver, al menos en mí, quedaron latentes. Chocolate y pan fueron repartidos a nuestra llegada. Nos despedimos y la pareja de periodistas pernoctó allí. Luego, Angie, su hermano Cristian, mi padre y yo nos dirigimos hacia nuestros hogares. Los motores de las motocicletas se prendieron, las luces no. Afortunadamente teníamos una linterna. Atrás quedó la casa de ‘El Diablo’ con sus flores y la Reserva Natural La Riviera. Delante de nuestros ojos, como un pesebre iluminado, se podía visualizar el casco urbano de Palestina.

Llegamos a las 7:45 pm. El paseo de Jueves Santo había culminado. El siguiente día esperaba con su via crucis.


6 comentarios on “Reserva natural La Riviera: un Jueves Santo en Palestina, Huila”

  1. Ayda Cabrera dice:

    Hola
    Qué emoción conocer esto! Un abrazo de felicitación alos hermanos Bravo por la construcción de esta reserva La Riviera, gracias en nombre de todos los que amamos la naturaleza y de la madre Tierra. Me gustaría ir algún día con mis hijos. Es un buen ejemplo.

    Ayda Cabrera
    Area de DH
    Comité de Integración del Macizo Colombiano, capítulo Nariño

  2. Paulina Yáñez dice:

    Bueno, pues están todos completamente invitados. Los hermanos Bravo los estarán esperando con una deliciosa trucha ahumada y con el calor humano que no logra enfriar la niebla.

  3. GILBERTO GÓMEZ MORENO dice:

    Hola, que bueno, que bueno que exista gente como tú Mayer que se preocupan por mostrar al mundo entero la riqueza de nuestra naturaleza, te felicito Mayer, abrazos


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s