Memorias del agua en Bogotá: libro inundado de ideas

La noche de anoche estuvo pasada por agua. Esta vez, en el mejor de los sentidos. Ayer 15 de junio en la Biblioteca Luis Ángel Arango se hizo el lanzamiento del libro Talleres de crónica. Memorias del Agua en Bogotá. Antología, en cuya elaboración participaron 40 autoras y autores en su mayoría protagonistas de las historias y los relatos que allí aparecen.

Los talleres de crónica son un proyecto de la Biblioteca Luis Ángel Arango, la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontifica Universidad Javeriana —con su revista Directo Bogotá— y la Secretaría General de la Alcaldía Mayor de Bogotá-Dirección Archivo de Bogotá.

El libro es reflejo de una acción que combina muchas métodos: del periodismo, de la pedagogía, de la literatura, de la memoria, de la historia, de la escritura popular, de la elaboración académica, del amor por escribir, del aprendizaje mutuo de instructores y cronistas, de la narración oral, del intercambio entre lo oral y la tecnología que permite que otros “lean” lo hablado, del contacto inmediato con lugares donde sucedieron y suceden los relatos… ¡en fin…!

 

La explicación de esta variedad está en el hecho de que Memorias del agua en Bogotá es el resultado de unos talleres a los que las instituciones del proyecto convocaron entre septiembre y octubre de 2010. Se presentaron 262 solicitudes para participar, que incluían una crónica escrita por la persona interesada, más del doble de las que se esperaban y se seleccionaron 129 para asistir a los talleres. El libro compila 40 de las que se trabajaron colectiva e individualmente en los talleres.

El representante de la Biblioteca se lamentó de que la fecha de los talleres no cubrió la avasalladora temporada invernal que ha vivido después la ciudad (y el país en general). No sin razón, pero quizás con un excelente sabor de sugerencia para hacer antología también de los avatares del agua, las transformaciones geográficas, culturales y sociales que las lluvias han traído a nuestros territorios y necesitamos todavía comprender.

Las crónicas

Es un libro pedagógico, de principio a fin, con una pedagogía estética que parece contener el sentido de todo el ejercicio de los talleres: hacer escuelas de escritores con personas que sin ser expertas en la materia lo único que sienten es un deseo profundo de poner en letras una historia que consideran valiosa y que conocen íntimamente. Una historia que aman.

Hay crónicas de 19 de las 20 localidades de Bogotá, cuyos títulos se sitúan en una página de comienzo, en un mapa y en un índice por localidad. Y una más de un municipio vecino, Tocancipá, que hace parte de la Sabana de Bogotá. Quedó una deuda con (o de) habitantes de la localidad 15, Antonio Nariño.

La editora, Maryluz Vallejo, profesora de Comunicación y Lenguaje de la Universidad Javeriana, agrupó los escritos en estos tres aspectos: memorias, lugares y personajes. Y en la presentación del libro señalaba cómo las expectativas se desbordaron:

«Teníamos en mente unos temas obvios para Bogotá: la historia de Las Aguas [un sector céntrico de la ciudad]; de La Rebeca [una escultura-fuente muy antigua con la que la gente sabe de qué ciudad se está hablando]; o el Mono de la Pila [al que se le ha colgado un dicho para significar que no hay a quién acudir cuando se tiene una dificultad: “vaya a quejarse al Mono de la Pila”]. Pero nos dejamos invadir por la muchas otras temáticas que llegaron y que hacen resurgir la identidad barrial, viejos usos del agua en la memoria de los abuelos, que la iban a buscar en los nacimientos de los ríos y la transportaban en múcuras [recipiente de gran tamaño con largo y estrecho cuello] sobre mulas por caminos destapados para destinarla al consumo y la producción de chicha [bebida de maíz fermentado]».

Lo que también significa en el libro encontrar la riqueza de la historia del agua en toda la geografía bogotana. «Se podría decir —añade la editora— que en los barrios más pobres las historias sobre el agua son más ricas, lo que da cuenta de una historia comunal de lucha y supervivencia».

Los talleres

En el lanzamiento, los y las talleristas hicieron un balance muy valioso del ejercicio. A cada cual le correspondió una zona de la ciudad, para que las y los cronistas estuvieran lo más cerca posible a sus viviendas, lo que posiblemente facilitaría identidades en los diálogos que se dieran en las sesiones. Sesionaron los sábados en la mañana, durante seis fechas, en las que se entendió a cabalidad el sentido de convertirse de profesores en aprendices dado el cúmulo de conocimientos que proporcionaban los asistentes en cada taller.

Hubo quienes llegaron con una forma de crónica y el ejercicio de cada taller les permitió sacar muchos más detalles, datos, informaciones y particularidades que dieron una riqueza más informativa, histórica o literaria, de manera que su crónica superó los elementos generales que quizás decían mucho menos. Esto tuvo otra connotación: comprender el valor de las vivencias individuales, de los escritos sobre asuntos específicos, en el sentido de que es posible que brote la universalidad de experiencias particulares.

Hubo un permanente trabajo de escritura y una retroalimentación para identificar los elementos que podían explorarse y manejarse mejor en las crónicas. Así, cada cual retomaba una y otra vez su trabajo para enriquecerlo gracias a las sugerencias de los talleristas.

Se hicieron énfasis correspondientes con el punto cardinal donde se estuvieran impartiendo los talleres: por ejemplo, las experiencias de la presión colectiva para tener acceso al agua o el cuidado de lugares históricos y de territorios ignorados por mucha gente de la ciudad. También la facultad de algunos relatos para volver a dibujar sitios ya inexistentes, pero con gran significado en la vida de las gentes.

Por supuesto, este abanico de posibilidades sólo podía darse porque había gente de varias generaciones o ejercicios intergeneracionales, como las hijas e hijos que vieron en su madre o su padre un artífice de la historia del agua en algún punto de la ciudad y por tanto una fuente excelente de información y memoria; y en ese encuentro de tantas edades afloraron lenguajes, datos desconocidos por unos o que se tenían en común y se reafirmaron o que necesitaban averiguarse más a fondo.

Los reporteros

Sobre lo último hubo una apreciación muy útil de los convocantes al evento: estas crónicas tienen un hondo valor histórico que los editores se cuidaron de proteger, garantizando el rigor y la veracidad en los datos, en las informaciones que se entregaban. Un ejercicio de índole periodística, de periodismo investigativo que, por serlo, tendrá un valor histórico indudable en la posteridad. «Esto tiene un sentido también ético —señaló la editora— pues no se trata de entregar literatura en sí misma, sino un documento de memoria histórica y quien entrega memoria debe saber que quien lee y se interesa va a utilizarlo. De modo que si hay algún dato de los que se entregaron que por equivocación se nos pasó y falta a la verdad, queda en la autora o el autor la responsabilidad total de esa mentira. Eso es ética».

El paso del taller de crónica a una publicación de los resultados de esos talleres implica, según los organizadores, que hay no sólo mayor exigencia. Publicar no es por excelencia un acto de visibilizarse como escritor, sino un acto de responsabilidad con lo que se entrega a los demás.

La antología que se entrega en el libro Memorias del agua en Bogotá proporciona frescura y entusiasma para replicar estas experiencias humanas, serias y rigurosas. Al comienzo de cada crónica encuentra usted tres renglones en los que se sintetiza el tema y la dirección electrónica de sus autores para quienes sería muy enriquecedor el intercambio con quienes lean su esfuerzo y quizás enriquezcan su información.

En el prólogo del libro se encuentra un final adecuado para esta nota:

«Nunca fue mejor usado el término de “fuentes” en la reportería de estas historias, ya que los jóvenes buscaron las voces de la memoria mediante la realización de entrevistas en un notorio esfuerzo por recrear un mundo insospechado; mientras los adultos rebobinaron sus recuerdos para dejar testimonio. La mayoría de los autores cumplió a cabalidad el proceso de inmersión en el tema hasta zambullirse en ese hondo pozo de la memoria para emerger con historias insospechadas de Bogotá, contadas desde los hechos festivos y conflictivos, relacionados con el “precioso líquido” (…)».



Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s