¿Qué se teje en el Paseo de los Artesanos de Neiva?

Por: Laura Marcela Perdomo

Dicen que el Malecón de la ciudad de Neiva es uno de los ejes y epicentros turísticos más destacados del departamento del Huila. Recorrerlo es una danza entera cuando se pasea de lado con el imponente río Magdalena, que es a la vez un camino en movimiento, una extensa mirada a la historia y el mayor afluente hídrico del país. En realidad, el Malecón es un pequeño tramo de lo que se conoce como El Parque Longitudinal, que alberga uno de los dos lados de la larga Avenida Circunvalar.

Aunque se considera un sitio estratégico de la región huilense, el Malecón no ha sido ajeno a los estigmas. El abandono en el que lo tienen los gobiernos locales y la misma ciudadanía, la falta de garantías para su desarrollo y la inseguridad que lo rodea han ejercido una gran presión para arrebatarle a este sitio su importancia social y cultural, pues, además de ser simbólico, es uno de los pocos espacios que recibe a los turistas que llegan a Neiva.

Caminar el Malecón es vislumbrar la gastronomía opita que se aloja en una serie de restaurantes con nombres emblemáticos de la propia historia de nuestra región. “La cacica Gaitana”, por ejemplo, quien fue una guerrera indígena en los tiempos de la Colonia y luchó por defender los derechos de su comunidad contra la invasión de los españoles; o “Timanco”, el cacique guerrero hijo de la Gaitana, que antes de ser quemado en la hoguera, combatió incansablemente por mantener la paz de su pueblo.

Una iglesia blanca, con aspecto un poco resquebrajado y de abandono, se encuentra a la deriva del propio asfalto; la indiferencia no sabe que aquella iglesia, además de hacer parte del que se denominó el Pueblito Huilense, fue antaño otra como muchas otras: con feligreses, curas y rezos.

 

Empezamos el paseo de los artesanos

Se sigue el rumbo del Malecón, los restaurantes se mezclan por sí solos como en una especie de laberintos que conjugan el verdor con la majestuosidad excelsa del Magdalena. Un vivero resguarda diversas flores, helechos y plantas de todos los tamaños, formas y colores; y después de atravesar todo este tramo, unos sones cubanos se acomodan en sostenidos y bemoles para situar uno de los espacios con más peso artístico de este lugar: el Paseo de los Artesanos. Aquí sostengo la mirada a unos pocos visitantes a quienes se les nota la redención de su cansancio gracias a unos cuantos vasos de cerveza, a la humedad y frescura del espacio y a la brisa lejana del Magdalena, empujada por la altura de los árboles que allí, monumentalmente, se alzan.

 

“Soy artesano y músico”

El Mono y su local de artesanías

En uno de los primeros locales del Paseo Artesanal, está “El Mono”, como le dicen a este artesano por su cabello rubio. Se encuentra agachado con unos cuantos tarros de Coca-cola que retienen en su interior pinturas verde, amarilla y roja, colores que identifican la cultura rastafari, originaria de Jamaica, que rechaza la moral de Babilonia similar al sistema imperante, la ciudad y a los valores que en ella subyacen. Con ellas pinta unos tambores llamados Niyabingui, nombre con el que se le conoce uno de los muchos instrumentos de percusión del género reggae; y también su local.

Tiene a la mano unos arcos negros de hierro, con los que sostiene y aprieta el cuerpo entero de los tambores; y espera que seque la pintura para terminarlos completamente. Sus dreadlocks, no tan emparentados con su liso notorio que sobresale de sus raíces, intentan que aflore la estética de la cultura rastafari. Su rostro es blanco y a la vez fino y su voz segura y tranquila.

El Mono es uno de los casi 30 artesanos que se “parchan” en esta zona del Malecón y convive con otras personas que no son productoras directas, sino que se dedican a la comercialización. Él lleva cuatro años en este oficio, después de que anduviera en Bogotá trabajando en cosas que, para él, eran completamente inútiles, “en vainas, ahí, que no me gustaban; en negocios, en administración”. Además de ser artesano, dice, “soy músico percusionista, pero lo que hago, lo hago de forma callejera. La música me ha permitido viajar a muchos lugares de Colombia y también a Ecuador»”.

El Paseo de los Artesanos es casi su hogar, y aunque vive con su madre y su padre, la tolerancia que de ellos ha emanado ha sido garante para emprender uno de los oficios que aunque como él dice “«sólo da para sostener y nada más»”, genera la enorme satisfacción de estar en paz y en armonía con las demás personas. Comparte su estadía en el local con su compañera Steffy que también le ayuda en sus actividades de bisutería ya sea tejiendo collares, manillas o aretes y en diferentes técnicas como macramé y croché. El Mono camina de aquí para allá, se entretiene dialogando con otros artesanos y finalmente se refugia en su local, que es como su lugar de adoración a la vida, un lugar santo adornado con una bandera con los colores verde, amarillo y rojo, dónde exhibe sus variados productos, y muchos instrumentos colgados en las mallas de las paredes, en alusión a su segundo más preciado arte: la música.

 

Nelson Mayorga en su Chakana

El puente hacia lo alto

“Su local está al otro lado”, comenta un joven artesano neivano cuando le pregunto dónde encuentro el local de Nelson Mayorga, uno de los veteranos en la artesanía y en el Malecón. Fue maestro de El Mono, con quién trabajó recién llegado al local y al que le enseñó muchas de las cosas que hoy en día sabe hacer.

Nelson tiene 32 años, comenzó la artesanía a los 18 y hace seis ocupa uno de los locales del Paseo de los Artesanos. Chakana es el nombre de su local. “Viví en Cándido con Federico, el bajista de Magolo Blues, banda neivana de rock and roll; con el hermano y con Nimonoch Dussán, uno de los creadores Asfalto, revista de cómics neivana-. Con ellos queríamos que fuera una casa cultural, donde hubiera teatro, música y artesanías. Un amigo que llegó del Perú me trajo un Chakana –en ese momento Nelson se levanta de su puesto y muestra una piedra en forma de cruz escalonada-, así que pensamos en ponerle así a la casa, pero como ese proyecto nunca se dio, entonces dije que cuando tuviera mi propio local de artesanías, así le iba a poner. Chakana significa puente hacia lo alto”.

Afirma que antes de llegar al Malecón transcurrieron dos etapas cruciales en su vida. “De los 18 a los 22 vivía en un descontrol total, estaba muy desubicado, pero de los 22 en adelante, adquirí lo que se llama conciencia”, dice mientras con sus manos va recortando pedazos de carpeta negra de plástico con los que intenta hacerle soportes a los aretes para exhibirlos y sostenerlos mejor. Algunos quiebres y cicatrices que marcan su rostro parecen las huellas que sólo el tiempo ha sabido dejar y que significan la experiencia de un oficio. Ese oficio que además de satisfacción le ha permitido ganarse el respeto hacia los demás y las ganas de seguir adelante.

El local de Nelson nos envuelve en dos capas sonoras. Muy al fondo en el lugar de bebidas, casi a la entrada del Paseo Artesanal, la “Ausencia” de Willie Colón opaca el hilillo tenue de un reggae argentino de Dread Mar-I que sale de un pequeño parlante. Al fondo, sobre una pared lateral, Krishna y Rada, dos deidades del hinduismo, impresas en un pequeño cuadro, recrean la escena de adoración y complemento del hombre y la mujer.

“El arte en sí –expresa Nelson- lo libera a uno de la esclavitud del sistema, es como un alimento que me nutre siempre. El resto es una ilusión, es algo pasajero. Cuando tengo bajones, me dispongo a crear, entonces la artesanía es mi bote de salvavidas”. Y concluye diciendo que ahora su oficio lo defiende con más argumentos y que es más consecuente con lo que piensa y lo que dice.

 

Resina, naturaleza inmortalizada

El Paseo de los Artesanos es un espacio construido, más que con el dinero de un gobierno de turno -el de Jaime Lozada Perdomo en el año 1997, cuando se inició la construcción del Parque Longitudinal-, con la mirada histórica de la población huilense y de los propios turistas. A pesar de moverse en los prejuicios, el imaginario colectivo guarda la certeza de lo verdadero, de lo que realmente se vive y se ha vivido en el mundo de estos hacedores de arte.

Al lado del Chakana, local de artesanías de Nelson Mayorga, está el local de Germán Antonio Murgueitio Cortés. Mur-g-u-e-i-tio, me silabea cuidadosamente. Nadie mejor que él para revelar la verdadera historia del Paseo de los Artesanos. “Todo esto funcionaba al inicio como Pueblito Huilense, luego se llamó Pueblito Opita, pero al poco tiempo quedó abandonado, se construyeron estos galpones y sólo hasta cuando llega Cielo, se le da vida a esto”, comenta Germán. Él se refiere a la alcaldesa Cielo González Villa, que ejerció su mandato desde el año 2004 hasta 2008 y quién se encargó de adecuar el espacio del Malecón incluyendo los restaurantes y dándole una forma distinta al lugar.

Germán tiene 48 años y llegó exactamente el 20 de octubre de 2005. Primero trabajó en la marroquinería, pero debido a la humedad del lugar y al hecho de que los cueros se dañaban empezó a explorar otro tipo de actividades artesanales como la bisutería. Relata que debe alternar su vocación por la actuación teatral con la artesanía, pues el teatro no es, para él, una fuente de ingresos estable. Y mientras lo dice, mirándome atentamente sentado sobre una butaca, saca de repente una botella de aguardiente Doble Anís y vierte como formando una pequeña cascada, un poco del licor en su pequeño vaso aguardentero. Tranquilamente repite lo mismo tres veces.

Este artista considera que los espacios se transforman permanentemente y que la idea del Paseo es justamente que allí converja toda clase de personas, que sea un centro cultural con características singulares y cargado de emoción. Que sea el reflejo de una cultura. “Este lugar –comenta Germán- es diferente a todos, no es un centro comercial”. Quiere decirnos que se ha construido gracias a la tolerancia, pues es con ella que se pueden construir los imaginarios colectivos alrededor de cualquier lugar.

Actualmente hay muchos factores que amenazan la tranquilidad del Malecón, en especial, el Paseo de los Artesanos. El manejo que le han dado las diferentes alcaldías municipales, la falta de apoyo y el abandono creciente, ha ocasionado conflictos internos entre quienes trabajan la artesanía, que muchas veces no encuentran respaldo ni garantías frente a los problemas que diariamente los aquejan. Afirma que jóvenes estudiantes de universidades aledañas aprovechan el espacio para consumir sustancias psicoactivas y en consecuencia se acrecienta el estigma que día a día atraviesa el lugar.

Las festividades del San Pedro, propias del mes de junio y que representan para la región el folclor y la cultura huilense, son una buena oportunidad para aumentar las ventas y mostrar a la ciudad otro rostro del lugar, que lo defina de otra manera, pues es para esta temporada cuando los turistas se aglomeran y degustan los productos que se exhiben allí; sin embargo, no es suficiente, pues al final sus labores son subvaloradas y el reconocimiento y apoyo local nunca se consiguen. “Los artesanos siempre salimos perdiendo”, afirma Murgueitio.

Observo con delicadeza y cuidado las artesanías de Germán. “Resina, naturaleza inmortalizada”, me responde vocalizando marcadamente las palabras al preguntarle sobre el material con el que están hechos sus llaveros, collares, aretes y manillas exhibidas en su estante.

 

El don que hay que tejer

Y seguramente el Paseo de los Artesanos existe cada vez más como un paraíso de naturaleza inmortalizada, como un espacio en constante transformación, como un paraje exquisito de ideas y de innovaciones que, en compañía de la inspiración y de las corrientes furtivas del Magdalena, acoge lo mejor de una de las mayores manifestaciones del ser humano: la artesanía.

Mientras algunos locales permanecen inmersos en la magia del decoro artesanal, en melodías reggae y cantos ancestrales, otros andan a la espera de alguien que los visite o de una semilla que los recree y germine un nuevo nido de creación.

Muchos jóvenes han llegado a apoderarse de este lugar, pues como afirma El Mono, “nadie administra esto”. Y añade: “el año pasado pagaba cien mil pesos de impuestos, pero ahora ya no. Yo llegué acá, le pedí las llaves al señor que las guardaba y cogí el local; si luego tengo que pagar, pues lo haré”. Y así como él, muchas personas artesanas han hecho lo mismo y con ayuda de la creatividad y las ganas han puesto en marcha un proyecto que las satisface y que al mismo tiempo las hace reconocibles. Y más allá de ser una fuente de sustento, es para los y las artesanas un estilo de vida y una vocación. “Uno nace con un don, con eso ya es mucho más fácil aprender, pues los dones hay que explotarlos”, comenta Nelson.

El Paseo de los Artesanos se vislumbra con el claro oleaje de los días, recibiendo a sus habitantes cotidianos con la misma paciencia con la que diariamente llegan a sus locales a emprender una obra y un camino, con la sabiduría que les ha dado el tiempo para sortear a una sociedad acalorada de prejuicios e indiferencia.



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